Almudena Grandes, cuyo nombre completo era María Almudena Grandes Hernández, nació en Madrid en 1960. La famosa autora, que creció en el seno de una familia de clase media, estudió Historia en la Universidad Complutense. Empezó a escribir cuentos siendo niña, aunque no publicaría su primera novela hasta los veintinueve años. Compartió su vida con el también conocido poeta Luis García Montero, a quien conoció a principios de los 90.
Su debut literario fue con «Las edades de Lulú» (1989), ganadora del premio La Sonrisa Vertical. Esta novela erótica alcanzó una difusión extraordinaria desde el principio y fue traducida a numerosos idiomas. Aunque este trabajo le dio fama inmediata a Grandes, lo cierto es que también condicionó durante años la recepción crítica de su obra. Con «Malena es un nombre de tango» (1994), amplió su registro y consolidó algunos de los temas que vamos a encontrar a lo largo de toda su narrativa: la identidad femenina, la memoria familiar y las heridas no resueltas de ciertos acontecimientos de la historia de España.
Con el paso del tiempo, la obra de la madrileña fue adquiriendo una dimensión cada vez más histórica y política. Novelas como «Los aires difíciles» (2002) o «El corazón helado» (2007) ahondaron en las consecuencias de la Guerra Civil y del franquismo sobre las generaciones posteriores. En 2010 inició los «Episodios de una guerra interminable», una serie de seis novelas inspirada en los «Episodios nacionales» de Galdós, dedicada a reconstruir la vida de los republicanos derrotados durante la Segunda República, la guerra y la posguerra. Publicó cinco de los seis volúmenes previstos.
Tras su muerte, el 27 de noviembre de 2021, su marido completó y publicó la novela que dejó inacabada, «Todo va a mejorar» (2022), siguiendo las indicaciones que ella había dejado.
A continuación, mostramos un fragmento de una de sus novelas más leídas: «Malena es un nombre de tango», la historia de una niña cuyo abuelo, antes de morir, le deja como herencia un objeto muy especial.
Mi abuelo no era mudo, pero no hablaba nunca. Apenas despegaba los labios durante un instante cuando el infantil lastre de su buena educación desplazaba a su adulta vocación de fantasma encarnado, y si se tropezaba con nosotros por el pasillo nos saludaba, y si no le quedaba más remedio que despedirnos, nos despedía, pero jamás intervenía en las conversaciones, nunca nos llamaba, ni nos besaba, no nos hacía la visita. Pasaba la mayor parte del tiempo con Pacita, sombra incapaz de apreciar la calidad de su silencio, y su vida era tan misteriosa, al menos, como tenebrosa su reputación.